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sábado 10 de julio de 2010

Relato 106: Ya amada perdida

[Facu]
Daniel estaba muy borracho y Alberto también. Les costaba articular las palabras pero parecía que entre ellos se entendieran perfectamente. Sonó el teléfono de Alberto. Este lo cogió y respondió con un “¿Si?” muy agudo. No dijo nada mas, solo hacía muecas difíciles de interpretar por la borrachera. Colgó el teléfono, abrazó a Daniel cariñosamente y le dijo con la firmeza que le permitía su borrachera:
–Tenemos que irnos.
-¿ya?
-Si, parece que está enfadada.
Salieron del bar apoyado el uno al otro y caminaron juntos por la calle unos metros hasta que Daniel se acordó de algo y empezó a palparse los bolsillos.
-¿Qué pasa?- Dijo Alberto
-No las encuentro, las llaves.
-Jooodeer…, no me jodas tío. ¿Y ahora qué hacemos?


[José Enrique Serrano Expósito]
Daniel le respondió, con una sonrisa burlona:
-¡Pues irnos en tu coche, claro!
-¡Ah, sí! No me acordaba... Creo que está por esa calle -Alberto señaló un callejón poco iluminado.
-Aquí está.
Un extraño salió de un coche aparcado faro con faro, enfrente del coche de Alberto.
-¡Vaya, pensé que me iba a quedar sin poder salir en toda la noche! ¿No ve que esta calle es estrecha y de sentido único? Ha entrado usted en dirección prohibida... ¡Debería denunciarlo! Están ustedes borrachos como una cuba; ¡ande, saque el coche ya!, déjeme salir con el mío.
En silencio, Daniel y Alberto entraron en el automóvil de éste, que tuvo que dar marcha atrás y a punto estuvo de tropezar con una de las dos paredes que delimitaban el callejón. El extraño meneó la cabeza, subió a su automóvil y se marchó.
Alberto dejó a Daniel junto a la puerta de su casa. Ambos estaban un poco menos borrachos. Dijo a su copiloto:
-¡Suerte con ella, amigo!
Alberto prosiguió el viaje; por fin aparcó cerca de su casa.


[Anónimo]
Encendió un cigarrillo y pitó con fuerza, tan sólo a unos metros, la luz de la habitación en dónde ella lo esperaba se colaba intensa a través del ventanal. La resaca comenzaba ya a hacer notar sus inevitables resabios y sintió ganas de vomitar pero se contuvo. Nuevamente aspiro el humo de su cigarro rememorando inevitablemente los punzantes reclamos cotidianos de la mujer que tanto amaba. Ella no era feliz a su lado y él era feliz tan sólo con la idea de saberla cerca. Se le escapó una lágrima. Daniel nunca debía saber que su complicidad en las rondas nocturnas de alcohol eran para ahogar su desesperación ante lo inminente. La luz que lo esperaba en la ventana se apagó de repente, ésta vez sin la posibilidad inmediata de reprocharle la ausencia y las copas de más.
Apretó los labios con fuerza. Era un cobarde. Lo sabía. Encendió el auto y avanzó por la penumbra de una Avenida silenciosa, sonó su teléfono, miró la pantalla, era ella, cortó la llamada. El bar aún estaba abierto, podría tal vez tomar un par de copas más ésta vez en soledad...podría tal vez fingir que ella lo esperaba para decirle cuanto lo amaba.


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miércoles 2 de junio de 2010

Relato 105: Del seguro basurero al peligroso eucaliptal

[José Enrique Serrano Expósito]
Salvador volaba alto, lejos del basurero donde languidecían sus congéneres.
- ¡Mira allá arriba! Ya se ha ido otra vez.
- ¡Es una vergüenza!
- Él es diferente, se empeña en permanecer limpio y explorar el mundo.
- No sé para qué, es aquí donde tenemos comida, lejos de este basurero no sabemos si la hay.
- ¿Y si él la encuentra?
- ¡Tonterías, sueños! Tenemos que alimentarnos y dar de comer a nuestros polluelos.
- Sí, Salvador es un poco irresponsable... Pero lo veo interesante, me cae bien.
- ¡Pues échale los tejos, querida!... ¡Ahora calla y sigue revolviendo en la basura!
Salvador encontró un collado y voló hacia él. Hasta ahora nunca se había alejado tanto de su hogar.
Habló consigo mismo:
- Es bonito, y tiene mucha hierba. Bajaré, a ver si encuentro alimento; ¡tengo hambre!


[Inés Bonesi]
Se posó sobre la hierba aún húmeda por el rocío matinal y notó que el aire sabía diferente al del basural, le agradó aquella sensación.
Enseguida avizoró un pequeño saltamontes y se abalanzó sobre él, comenzaba su desayuno. Un tramo más a su derecha había un claro en la hierba, allí escarbó la tierra, no tardó en hallar una suculenta lombriz que aún contorsionándose no pudo escapar del apetito de Salvador, quien siguió escarbando y saciándose.
Ya satisfecho, instintivamente levantó vuelo, inmediatamente, con la primera ráfaga de viento, volvió a notar que el aire era distinto al del basural. Giró su vuelo buscando un árbol alto, muy alto, para que el viento lo acosara de pleno y le llenara los pulmones de aquel aroma fresco de mentas y eucaliptus. Justamente en un eucaliptus añoso divisó un hueco y se dijo:
- Descansaré un instante.
En tanto inspeccionaba el hueco, el viento dejó de ser brisa y hasta se volvió violento, el cielo se iluminó intermitentemente por relámpagos y los truenos estremecían al oírlos. Las gotas de lluvia se estrellaban contra todo en su caída.
Entre los destellos del cielo divisó a sus congéneres en raudo regreso a casa.
Salvador, a resguardo, desde su hueco observaba el espectáculo que la tormenta le brindaba.
Le asombró no oír el tañir de las gotas sobre los desperdicios, como en el basural, ese sonido de xilofón improvisado que tanto lo irritaba.
Tampoco lo había invadido el hedor de la inmundicia, que las lluvias solían magnificar, en el basural.
Ahora el aire sabía no sólo a menta y eucaliptos, sino también a hierba húmeda.

[Anita]
Sus congéneres se preguntaban:
- ¿Dónde estará Salvador?
- Por su osadía sobrevolando algún árbol altísimo
- ¿Y si no es así? ¿Y si el viento huracanado ha fracturado su pata dañada?
- Confío en que su destino no sea ese.
- Acudiré en su búsqueda ahora que el tiempo se ha calmado.
Los dos partieron sin rumbo fijo con muchas ganas y la atención puesta en la pata de Salvador. El final de la tormenta hizo posible que revoloteasen frescos y zigzagueantes para no dejar ningún rincón sin explorar, mientras tanto sus polluelos les ojeaban moviendo su pescuezo. En estos momentos Salvador permanecía en el mismo ramaje sin presentir su cercanía ni añorar a sus amigos del basurero; su aspecto era primaveral y sus ganas de volar se vislumbraban en su intento de aleteo lento y continuo.
- Me ha parecido ver a Salvador.
- ¿Dónde?
- Cerca del eucaliptal
Salvador oteó a sus amigos, con esperanza de volver con ellos para visitar a los polluelos. Se deslizó y planeó junto a sus amigos en busca de un regalo, se hizo con otras lombrices y oro, es decir, maíz.
De repente el cielo se tornó en un sol de ocaso y una brisa suave proveniente del sur posibilitó la entrada de nuevo en el basurero.