sábado 21 de noviembre de 2009
La navidad cumplió su deseo
[Pablo Camus]
Aquella mañana, cuando la ciudad estaba cubierta con un fino manto blanco, cuando los pajaritos piaban unos cánticos que hasta me sonaban a villancicos, cuando el frío matinal calaba en todos mis huesos, cuando los niños jugaban alegremente con sus juguetes nuevos, cuando Papa Noel ya viajaba de vuelta al Polo Norte con la panza llena de galletas y leche, sí, en aquel preciso momento, no podía evitar que un insoportable nerviosismo invadiera todo mi ser, mientras la esperaba en la parada del autobús, aguardando a que el amor de mi vida llegase. Nunca he olvidado la promesa de que en aquella fría calle, en esta precisa mañana de 25 de diciembre, nos volveríamos a encontrar. ¿Será realmente cierto su regreso? No hay forma de que lo pueda asegurar. En todos estos años, no he recibido ninguna carta, ningún e-mail, ninguna llamada, y hace mucho que ni siquiera sé por dónde ha estado viajado. Solo me queda esa dulce promesa, que yo he guardado todos estos años, que en este día, a esta hora, en este lugar, ella volvería. No hay ninguna seguridad de que ella se bajará de ese autobús. No sé nada de ella. Tal vez se ha olvidado de mí. Hoy es Navidad, no me queda más que confiar que el destino, mi mala fortuna, cambiará.
Mi querida y adorada Sofía ¿Dónde te encuentras? ¿Por qué me has abandonado todos estos años? Aquí me disponía a esperarla, hoy es el día con más magia y amor de todo el calendario. Tengo un buen presentimiento, a pesar que no pueda controlar esta desdichada ansiedad que me hace temer que nunca más la volveré a ver.
[LOREA OTSOA HONORATO]
Enciendo un cigarrillo mientras decido ser optimista, en el fondo, siempre he creído en el destino que nos conduce a través de vericuetos varios, hacia ese lugar que debemos ocupar. Para mí, un pobre soñador taciturno, ese lugar es Sofía, lo fue desde el mismo momento en que la vi por primera vez. Esperaba el autobús en esta misma parada, resguardada de la ventisca fría bajo la marquesina; los bucles de su cabello flotaban ligeros sobre el aire que se colaba entre los cristales. Sujetaba una carpeta entre las manos, era una estudiante: "como yo", pensé, y este hecho me hizo sentirme de algún modo ridículo, más unido a ella. Desde aquel primer encuentro, recé cada noche porque ella volviera a la misma hora cada día a coger el autobús, y se me fue cumpliendo. La amaba, la amaba y sabía que era mi fin, aquello que me mantenía sujeto a una existencia que siempre se me había antojado estéril, inútil... Tuve suerte, y ella se fijó en mí, me amó sin condiciones, y cuando tuvo que marcharse, por una mala broma de ese destino que tanto nos ata, prometió volver, pasara lo que pasara, aunque tardara años en hacerlo, ella regresaría a mí... Hoy es el día de Navidad, e iluso de mí, espero mi propio milagro.
[Ana Agudo]
Todos y cada uno de los 25 de diciembre de estos 25 años he vuelto a esta parada, con esas ansias locas de volver a abrazarte desde atrás, como en un juego eterno, mientras te beso y huelo tu perfume, ese que dejaste impregnado con tu adiós y que siempre me vuelve a traer tu imagen cuando una ráfaga de viento me trae su aroma.
Una lágrima se ha quedado congelada en mi mejilla hace mucho frío, mucho, tengo sueño, intento que mis ojos no se cierren, falta solo un autobús por pasar, el último de este 25 de Diciembre, quizás llegues en ese, solo quizás, tengo sueño, tengo frío.
Aquella mañana, cuando la ciudad estaba cubierta con un fino manto blanco, cuando los pajaritos piaban unos cánticos que hasta me sonaban a villancicos, cuando el frío matinal calaba en todos mis huesos, cuando los niños jugaban alegremente con sus juguetes nuevos, cuando Papa Noel ya viajaba de vuelta al Polo Norte con la panza llena de galletas y leche, sí, en aquel preciso momento, no podía evitar que un insoportable nerviosismo invadiera todo mi ser, mientras la esperaba en la parada del autobús, aguardando a que el amor de mi vida llegase. Nunca he olvidado la promesa de que en aquella fría calle, en esta precisa mañana de 25 de diciembre, nos volveríamos a encontrar. ¿Será realmente cierto su regreso? No hay forma de que lo pueda asegurar. En todos estos años, no he recibido ninguna carta, ningún e-mail, ninguna llamada, y hace mucho que ni siquiera sé por dónde ha estado viajado. Solo me queda esa dulce promesa, que yo he guardado todos estos años, que en este día, a esta hora, en este lugar, ella volvería. No hay ninguna seguridad de que ella se bajará de ese autobús. No sé nada de ella. Tal vez se ha olvidado de mí. Hoy es Navidad, no me queda más que confiar que el destino, mi mala fortuna, cambiará.
Mi querida y adorada Sofía ¿Dónde te encuentras? ¿Por qué me has abandonado todos estos años? Aquí me disponía a esperarla, hoy es el día con más magia y amor de todo el calendario. Tengo un buen presentimiento, a pesar que no pueda controlar esta desdichada ansiedad que me hace temer que nunca más la volveré a ver.
[LOREA OTSOA HONORATO]
Enciendo un cigarrillo mientras decido ser optimista, en el fondo, siempre he creído en el destino que nos conduce a través de vericuetos varios, hacia ese lugar que debemos ocupar. Para mí, un pobre soñador taciturno, ese lugar es Sofía, lo fue desde el mismo momento en que la vi por primera vez. Esperaba el autobús en esta misma parada, resguardada de la ventisca fría bajo la marquesina; los bucles de su cabello flotaban ligeros sobre el aire que se colaba entre los cristales. Sujetaba una carpeta entre las manos, era una estudiante: "como yo", pensé, y este hecho me hizo sentirme de algún modo ridículo, más unido a ella. Desde aquel primer encuentro, recé cada noche porque ella volviera a la misma hora cada día a coger el autobús, y se me fue cumpliendo. La amaba, la amaba y sabía que era mi fin, aquello que me mantenía sujeto a una existencia que siempre se me había antojado estéril, inútil... Tuve suerte, y ella se fijó en mí, me amó sin condiciones, y cuando tuvo que marcharse, por una mala broma de ese destino que tanto nos ata, prometió volver, pasara lo que pasara, aunque tardara años en hacerlo, ella regresaría a mí... Hoy es el día de Navidad, e iluso de mí, espero mi propio milagro.
[Ana Agudo]
Todos y cada uno de los 25 de diciembre de estos 25 años he vuelto a esta parada, con esas ansias locas de volver a abrazarte desde atrás, como en un juego eterno, mientras te beso y huelo tu perfume, ese que dejaste impregnado con tu adiós y que siempre me vuelve a traer tu imagen cuando una ráfaga de viento me trae su aroma.
Una lágrima se ha quedado congelada en mi mejilla hace mucho frío, mucho, tengo sueño, intento que mis ojos no se cierren, falta solo un autobús por pasar, el último de este 25 de Diciembre, quizás llegues en ese, solo quizás, tengo sueño, tengo frío.
| Vota por el mejor |
miércoles 18 de noviembre de 2009
Escarmiento premiado
[LOREA OTSOA HONORATO]
La humedad era abundante en el interior de aquella lúgubre mazmorra. La luz apenas penetraba por un angosto ventanuco situado en lo alto de una de las cuatro paredes, provocando una claridad débil y lechosa que mostraba lo horrendo del lugar de forma difusa. Saramay se hallaba tumbado a un extremo, sobre un raído jergón que apestaba a mugre; mantenía los ojos entrecerrados, observando distraídamente los regueros de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes. No se movía, el dolor punzante que tenía en el costado le obligaba a permanecer ligeramente encogido. Tenía la boca seca, hacía siglos que no ingería líquido ninguno, tampoco había comido en horas, pero no tenía hambre, el dolor mataba cualquier otro sentido, exceptuando el de la sed.
Apenas recordaba cómo había llegado hasta allí, todo en su mente eran imágenes difusas. Recordaba un vuelco en el corazón, unos ojos verdes, una piel suave deslizándose entre sus manos, una amenaza seguida de una huida, el apresamiento, golpes, muchos golpes ensañándose en su cuerpo, después, la negrura más absoluta, y la mazmorra en la que se hallaba…
Su mente no era más que un remolino de ideas que revoloteaban a su alrededor sin orden ni concierto, sentía frío, un frío líquido que le calaba hasta los huesos, ¿Qué iba a ocurrir de ahí en adelante? ¿Lograría salir del infierno al que lo habían confinado? Negó con la cabeza mientras gemía lastimero, acababa de descubrir aterrado, que estaba perdiendo la esperanza…
[Josefina Fuensanta]
Los recuerdos se abrían paso entre aquel mal de dolor y ansiedad.
Perdiendo ya la esperanza, recordaba como una mujer bellísima lo había llevado a sus aposentos, eran suntuosos, llenos de cortinajes de seda y valiosos jarrones de porcelana china, sus ojos negros brillaban en su cara bajo una corona de oro y varios velos de diversos colores, bailaba ante mí con gestos sensuales, alrededor varias sirvientas parecían obedecerla, ataviadas también como en los cuentos de las mil y una noche.
Y de pronto se abrió aquella maldita puerta dando paso a unos gigantones con espadas en sus manos……
[Ana María Arroyo]
Y el sonido de sus hojas de acero avivó la memoria dolorida. De nuevo aquellos ojos de clímax, aquel cuerpo robado que gozó a pesar del peligro mortal. Aquel paraíso de frutas prohibidas que nunca debió comer y que devoró con ansia enfermiza. Sumido en el placer absoluto. Después, alguien maldijo en voz alta, utilizando un idioma desconocido para él. Le arrastraron desnudo, castigando duramente su pecado hasta conseguir que perdiese la razón.
Y ahora, en el instante en que concibió su destino, se supo más desnudo que nunca. Aquellos verdugos harían rodar su cabeza y su vida sobre el podrido suelo de su celda de infiel.
Dejó que sus párpados cayesen. Samaray rememoró el ardor de su amante, la caricia peligrosa de sus labios. Se preguntó si ella correría la misma suerte. Sin duda. Se encontrarían de nuevo. En el verdadero paraíso.
La humedad era abundante en el interior de aquella lúgubre mazmorra. La luz apenas penetraba por un angosto ventanuco situado en lo alto de una de las cuatro paredes, provocando una claridad débil y lechosa que mostraba lo horrendo del lugar de forma difusa. Saramay se hallaba tumbado a un extremo, sobre un raído jergón que apestaba a mugre; mantenía los ojos entrecerrados, observando distraídamente los regueros de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes. No se movía, el dolor punzante que tenía en el costado le obligaba a permanecer ligeramente encogido. Tenía la boca seca, hacía siglos que no ingería líquido ninguno, tampoco había comido en horas, pero no tenía hambre, el dolor mataba cualquier otro sentido, exceptuando el de la sed.
Apenas recordaba cómo había llegado hasta allí, todo en su mente eran imágenes difusas. Recordaba un vuelco en el corazón, unos ojos verdes, una piel suave deslizándose entre sus manos, una amenaza seguida de una huida, el apresamiento, golpes, muchos golpes ensañándose en su cuerpo, después, la negrura más absoluta, y la mazmorra en la que se hallaba…
Su mente no era más que un remolino de ideas que revoloteaban a su alrededor sin orden ni concierto, sentía frío, un frío líquido que le calaba hasta los huesos, ¿Qué iba a ocurrir de ahí en adelante? ¿Lograría salir del infierno al que lo habían confinado? Negó con la cabeza mientras gemía lastimero, acababa de descubrir aterrado, que estaba perdiendo la esperanza…
[Josefina Fuensanta]
Los recuerdos se abrían paso entre aquel mal de dolor y ansiedad.
Perdiendo ya la esperanza, recordaba como una mujer bellísima lo había llevado a sus aposentos, eran suntuosos, llenos de cortinajes de seda y valiosos jarrones de porcelana china, sus ojos negros brillaban en su cara bajo una corona de oro y varios velos de diversos colores, bailaba ante mí con gestos sensuales, alrededor varias sirvientas parecían obedecerla, ataviadas también como en los cuentos de las mil y una noche.
Y de pronto se abrió aquella maldita puerta dando paso a unos gigantones con espadas en sus manos……
[Ana María Arroyo]
Y el sonido de sus hojas de acero avivó la memoria dolorida. De nuevo aquellos ojos de clímax, aquel cuerpo robado que gozó a pesar del peligro mortal. Aquel paraíso de frutas prohibidas que nunca debió comer y que devoró con ansia enfermiza. Sumido en el placer absoluto. Después, alguien maldijo en voz alta, utilizando un idioma desconocido para él. Le arrastraron desnudo, castigando duramente su pecado hasta conseguir que perdiese la razón.
Y ahora, en el instante en que concibió su destino, se supo más desnudo que nunca. Aquellos verdugos harían rodar su cabeza y su vida sobre el podrido suelo de su celda de infiel.
Dejó que sus párpados cayesen. Samaray rememoró el ardor de su amante, la caricia peligrosa de sus labios. Se preguntó si ella correría la misma suerte. Sin duda. Se encontrarían de nuevo. En el verdadero paraíso.
| Vota por el mejor |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






