Ya puedes descargar el libro "Luz de luna";                                      Únete a nuestro grupo en Facebook y podrás, entre otras cosas, comentar y criticar cada uno de nuestros relatos así como interactuar con sus creadores                                      Para evitar errores ortográficos y de redacción aconsejamos que escribas tu comentario en un procesador de texto aparte y después lo copies y pegues en el blog.                                      Si escribes sobre nosotros en tu blog o Web, háznoslo saber (foro, e-mail o Facebook) y te incluiremos un enlace en nuestra sección "Sala de prensa".

sábado 13 de junio de 2009

Relato 48: Soy malo, pero lo aprendí de ti

[Erath J.H.]
De todos los besos, nunca tuve uno de mi madre. Me parió en una alcantarilla donde más tarde un indigente me salvó de ser comido de las ratas. Producto de este ataque no tengo el labio inferior. Este hombre, como no me pudo vender, me entregó al párroco de la primera iglesia que se encontró. Ahí crecí bajo el yugo del Padre Gumaro, quien me convirtió en la fe. Vivo escondido, desde que huí de la parroquia. Salgo por las noches, buscando el beso que me hace falta. Aprovecho la oscuridad para atrapar a mujeres que caminan solas. Las beso, no las dejo respirar, solo me miran con asco mientras intentan zafarse, hasta que ya no pueden más. Luego les arranco los labios y me los llevo conmigo. En un armario los guardo en frascos con formol. Pero sigo sin encontrarlo...

[Joseín Moros]
Recuerdo la última, me miró casi igual que las demás.
— ¿Quién es usted?—dijo con ahogo; todas hacen la misma pregunta.
—Nadie importante—contesté sin pensar, pronunciando mal por la falta de mi labio.
— ¿Qué quiere?—igual que otras preguntó también.
—Un beso—de nuevo respondí y me arrepentí de mí confesión.
Aunque la tenía casi aplastada contra una pared y mi cuchillo le hacía sangrar el cuello, ella proyectó sus labios para besarme. No vi miedo en sus ojos, tampoco asco.
Me acerqué y la rocé, con mí medio beso. Ella respondió y me sentí en el limbo.
La solté y corrí. Oí que alguien me seguía por los callejones oscuros, no miré atrás.
Ahora estoy en mi habitación, el olor del formol me atormenta y las filas de frascos, con bocas flotando dentro, están frente a mis ojos en la penumbra. Parecen sonreír, no sé si con tristeza o con crueldad.
Oigo pasos fuera. Alguien viene.

[Reina González Rubio]
Se detienen ante mi puerta, y llaman, llaman con fuerza
- Ábreme, por favor, ábreme… me dice ella.
Pero no quiero que vea, no puedo permitir que ella vea, ella no. Pero la abro y entra en esta habitación marchita y se queda mirando pero sus ojos no denotan asombro sino admiración y va derecha al armario que huele a formol y lo abre y allí encuentra los frascos y tengo ganas de gritar porque no quiero que ella….

Sus dedos van recorriendo uno por uno por frascos llenos de labios rotos y coge entre sus manos cada uno de los frascos y deposita un beso en el cristal y me mira y en sus ojos veo deseo.
- Bésame, por piedad, bésame. Me implora.
Y yo lentamente voy acercando mi labio a los suyos y cierro los ojos para sentir, para sentir… hasta que un dolor me saca de mi embeleso y veo, aterrado, que ella se ha comido mi labio.