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miércoles 16 de septiembre de 2009

Relato 73: Infección asesina

[Ana Maria Arroyo]
La joven que iba ataviada con uniforme verde intuyó la presencia de alguien en la escalera. Sintió un súbito escalofrío por la espina dorsal que le llegó hasta la raíz del pelo, una melena negra y lacia que le cubría los hombros. Agudizó el oído, pero no pudo distinguir ningún sonido extraño, excepto el que provenía de su propia respiración. En aquel instante escuchó unos pasos pesados y lentos que caminaban por el descansillo del cuarto piso. Se armo de valor y se asomó por el hueco de la barandilla. Creyó distinguir una sombra justo antes de que se apagara la luz. Un hedor fétido e irrespirable se acercó a su nuca y en su garganta creció una inmensa bola de miedo que la ahogaba.

[JAVIER]
Sintió un ligero roce, livianísimo; tanto, que no sabía si había sido real o producto de su alterada imaginación. Gritó, gritó con todas las fuerzas que le quedaban, y empezó a correr escaleras abajo, con el corazón golpeándole fuertemente en su pecho. El sonido de su propio corazón, con la sangre bombeando alocadamente por todo su ser y el latido de sus sienes, no le dejaba escuchar si era perseguida o aquello que vislumbró- y olió- pisos más arriba se había quedado allí. Daba igual, sólo pensaba en correr, escapar de lo que fuera que la rozó.
Tropezó en el último peldaño antes del descansillo que daba al recibidor de la finca. Quedó tendida cuan larga era. Notó algo viscoso resbalándole por la cara: tal vez aquel ser que la perseguía... pero no notaba aquél fétido olor que olió cuando la rozó- o así lo creyó ella-
Era su propia sangre, brotando de una herida en la cabeza que se había producido en la caída, al chocar con la barandilla. Ella ni lo había notado, tal era su estado de terror.
Intentó levantarse, apoyándose en la barandilla, en la que notó el propio líquido pegajoso que le corría por la cara, y que ella aún no sabía qué era. Finalmente, se puso en pie, débil, temblorosa, con el corazón a punto de salirse de su pecho. Volvió a notar aquella fetidez, aquel levísimo roce.
Se encendió la luz.

[Erath J.H.]
¿Aquello la miraba? Si acaso su cara putrefacta apuntaba hacia ella. De los orificios donde debían ir los ojos, salió un enorme gusano reptando hacia la frente. Un sonido gutural, salió de aquella garganta hinchada de pus.
Hubiera jurado que "eso" le pedía ayuda. Arriba se escuchaban pasos, piernas pesadas que se arrastraban en los escalones. No era uno solo, eran varios.
¿Cómo habían podido entrar? Había sellado completamente la propiedad, o eso era lo que ella creyó.
De nada había servido matar a su familia cuando se infectaron del virus. El que venía a sus espaldas le mordió el cuello arrancándole un gran pedazo de carne. Ahora solo le quedaban dos balas. Primero le voló la cabeza al que le pedía ayuda, y sin ningún tipo de remordimiento acomodó el revolver en la sien y acabó con su propio sufrimiento.