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viernes 23 de octubre de 2009

Relato 76: Presidenta de la Asociación de Conferencias

[Agueda]
Clara pensó que iba a ser un día atareado. Primero, se pasó toda la mañana organizando la conferencia de ese día y luego se enfrascó en el arreglo de la sala para que quedase perfecta a las seis de la tarde, que era la hora prevista para que el botánico inglés hablara sobre el misterio de las orquídeas.
Clara colocó las butacas en el orden exacto que aparecían en el plano que le había entregado Sonia, la Presidenta de la Asociación de Conferencias de la Ciudad. Puso mucho cuidado en que todo saliera del gusto de su jefa y con las lentes de lectura sobre la nariz alternaba la vista entre el papel que tenía en sus manos y la forma que adquiría el escenario. Interrumpió el trabajo que estaba realizando para atender una llamada que recibió en su celular. Cuando colgó, se dirigió a la primera fila y separó un poco las butacas.
Clara miró la disposición de los asientos y sonrió satisfecha, le pareció que los asistentes iban a estar cómodos, sin apretujones y con buena visibilidad. Luego se dirigió a paso rápido hacia los seis stands donde se exhibían un centenar de orquídeas nativas de los Andes. Se puso las manos sobre el pecho en un gesto de admiración; aquella explosión de color y belleza la conmovió. Se aproximó a cada una y se tomó el tiempo para mirarlas de cerca, rozando apenas los pétalos sedosos con su cara, intrigada por la forma en que desplegaban sus pétalos en una provocación sensual. Se retiró apresurada y le pareció que algo raro flotaba en el ambiente.
La Presidenta de la Asociación de Conferencias llegó en el momento en que Clara se alejaba de los stands de las orquídeas. Parecía nerviosa y sus tacones hacían ruido sobre el entablado del salón. Se acercó a Clara y le dijo:
— ¿Está todo como le ordené?
— Sí, Señora —Contestó Clara retirándose un poco porque le molestó el aliento a licor de la Señora, sin embargo, estaba asombrada de lo hermosa que se veía. Es de las que hace que un hombre se voltee cuando ella pasa, pensó.

[Lorea Otsoa Honorato]
Clara se fue a un extremo del gran salón y tomó asiento en una de las butacas, mientras Sonia pasaba revista comprobando que todo estaba en orden, después se marchó dejándola sola. Suspiró satisfecha por el buen trabajo realizado, y pensó de nuevo en el excelente aspecto de la Presidenta de la Asociación de Conferencias. Negó con tristeza pensando en que ella nunca había sido una mujer que llamara la atención por su belleza, también carecía de carisma. Era la organizadora más eficiente que se pudiera encontrar, organizaba eventos de una forma escrupulosa y perfecta, pero después, cara a la galería, los que se llevaban los galones eran otros, los que sí tenían carisma, como por ejemplo Sonia.
Se removió en la butaca y entornó un momento los párpados, una vez más se sentía una sombra, el duende invisible que hace que todo sea posible y que nunca obtendrá la gloria, no, ella no era una orquídea, sino más bien la tierra en la que ésta brota exultante de luz y belleza... Sin pretenderlo, sintió que una fuerte emoción la embargaba hasta llevarla al borde del llanto, reprimió las incipientes lágrimas como tantas otras veces lo había hecho y se puso en pie, no quedaba demasiado tiempo para que comenzara a entrar la gente, y ella debía salir de escena.

[Griseo Mitran]
Salir de escena. Sólo eso. Un estorbo como otro cualquiera, una muñeca de trapo rota, un simple juguete apartado,... Los recuerdos se le anidaban en su mente y se encadenaban torturándola continuamente.

"No debes pensar en ello. No debes pensar en ello."

Su lógica le hizo salir de allí, sus sentimientos se atragantaron en su garganta y en vez de vomitarlos debía de tragárselos por educación. Nadie ni nada merece tus lágrimas, escriben algunos adolescentes en mesas y bancos de la calle.

De repente se quedó parada. No sabía que pensar. Recordó a su madre, siempre sonriente y educada. Su padre también era otro modelo a seguir. Y ella, la hija única debía de ser la mejor, la heredera, la perfección debía estar presente en todo lo que ella hacía.

Si, eso es. El todo era lo que le atormentaba, esa obsesión por todo perfecto no compaginaba con el mundo de los demás. El mundo de esa gente que simplemente no era tan perfecta como ella y sin embargo siempre conseguían lo que ansiaban. ¿Por qué?

Debía de haber una forma, debía de existir una manera de parir una buena idea, algo que hiciera que todos se fijaran en ella.

"¿Ansias de popularidad? Que estúpido."

Pero y qué importaba. No era acaso el sudor de su frente lo que hacía que todo funcionase adecuadamente. Sin ella todos esos carismáticos estaban acabados.

- Vuelve. - le dijo una voz.

Se dio media vuelta, no había nadie. Extraño. ¿Locura? No sabía que hacer. El sentido lógico y la ética no hablan sobre los locos.

- Vuelve. - le dijo la misma voz otra vez.

¿Era tal vez la voz de un duende invisible? Instintivamente se dio la vuelta y volvió al lugar de donde debía de retirarse. Y cuando llegó encontró a una señora joven en la puerta. Ella no la conocía de nada.

- Menos mal que has vuelto. Entra. Te esperábamos.

Y allí estaban todo ese gentío, observándola de arriba a abajo.

- Sonia, ¿Se puede saber dónde se había metido? - le preguntaron muchos de los asistentes.

Y ella contestaba con excusas baratas y los demás le sonreían. Pero, ¿por qué le llamaban Sonia?

Pidió un espejo a una de las señoras que le preguntó y aterrorizada vio su rostro, el rostro de Sonia, la Presidenta de la Asociación de Conferencias.

Clara nunca volvió a encontrarse a su antiguo cuerpo en un espejo.