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miércoles 18 de noviembre de 2009

Relato 78: Escarmiento premiado

[LOREA OTSOA HONORATO]
La humedad era abundante en el interior de aquella lúgubre mazmorra. La luz apenas penetraba por un angosto ventanuco situado en lo alto de una de las cuatro paredes, provocando una claridad débil y lechosa que mostraba lo horrendo del lugar de forma difusa. Saramay se hallaba tumbado a un extremo, sobre un raído jergón que apestaba a mugre; mantenía los ojos entrecerrados, observando distraídamente los regueros de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes. No se movía, el dolor punzante que tenía en el costado le obligaba a permanecer ligeramente encogido. Tenía la boca seca, hacía siglos que no ingería líquido ninguno, tampoco había comido en horas, pero no tenía hambre, el dolor mataba cualquier otro sentido, exceptuando el de la sed.
Apenas recordaba cómo había llegado hasta allí, todo en su mente eran imágenes difusas. Recordaba un vuelco en el corazón, unos ojos verdes, una piel suave deslizándose entre sus manos, una amenaza seguida de una huida, el apresamiento, golpes, muchos golpes ensañándose en su cuerpo, después, la negrura más absoluta, y la mazmorra en la que se hallaba…
Su mente no era más que un remolino de ideas que revoloteaban a su alrededor sin orden ni concierto, sentía frío, un frío líquido que le calaba hasta los huesos, ¿Qué iba a ocurrir de ahí en adelante? ¿Lograría salir del infierno al que lo habían confinado? Negó con la cabeza mientras gemía lastimero, acababa de descubrir aterrado, que estaba perdiendo la esperanza…

[Josefina Fuensanta]
Los recuerdos se abrían paso entre aquel mal de dolor y ansiedad.
Perdiendo ya la esperanza, recordaba como una mujer bellísima lo había llevado a sus aposentos, eran suntuosos, llenos de cortinajes de seda y valiosos jarrones de porcelana china, sus ojos negros brillaban en su cara bajo una corona de oro y varios velos de diversos colores, bailaba ante mí con gestos sensuales, alrededor varias sirvientas parecían obedecerla, ataviadas también como en los cuentos de las mil y una noche.
Y de pronto se abrió aquella maldita puerta dando paso a unos gigantones con espadas en sus manos……

[Ana María Arroyo]
Y el sonido de sus hojas de acero avivó la memoria dolorida. De nuevo aquellos ojos de clímax, aquel cuerpo robado que gozó a pesar del peligro mortal. Aquel paraíso de frutas prohibidas que nunca debió comer y que devoró con ansia enfermiza. Sumido en el placer absoluto. Después, alguien maldijo en voz alta, utilizando un idioma desconocido para él. Le arrastraron desnudo, castigando duramente su pecado hasta conseguir que perdiese la razón.
Y ahora, en el instante en que concibió su destino, se supo más desnudo que nunca. Aquellos verdugos harían rodar su cabeza y su vida sobre el podrido suelo de su celda de infiel.
Dejó que sus párpados cayesen. Samaray rememoró el ardor de su amante, la caricia peligrosa de sus labios. Se preguntó si ella correría la misma suerte. Sin duda. Se encontrarían de nuevo. En el verdadero paraíso.